Mientras contemplaba los coloridos pensamientos que adornaban el jardín de la plaza, vistiéndolo de matices en la fría mañana, pensamientos, flores de invierno, colores, una mujer vestida de gris se levantó del banco de piedra y pasó a mi lado, caminaba despacio, arrastrando los pies, me pareció que temblaba, en su mano derecha, enguantada, llevaba un sobre blanco que se deslizó entre sus dedos y caprichosamente la brisa lo meció hacia el jardín para desesperación de su propietaria, que lo observaba, allá tendido, entre las flores. Tengo debilidad por las mujeres ancianas, quizá resabios de un complejo de Edipo hacia aquella madre que nunca tuve, quizá deseos de proteccionismo, de ayudar, de sentirme útil sin recibir nada a cambio, no sé, pero no puedo ver a ninguna mujer sufrir. Brinqué sobre la bordura de hierro forjada que impedía el acceso al jardincillo y recuperé el sobre tendido sobre las flores, mis torpes manos, sin quererlo, arrancaron un pensamiento amarillo, se lo entregué, junto con la carta, a aquella anciana, - parecía perdida, errática, despistada- me dio las gracias y siguió su camino hacia el edificio de correos. Mi intuición no podía engañarme, aquella mujer parecía estar desorientada, con una alteración consciente de su realidad exterior, miraba sin ver, como hipnotizada, tal cual un zombie de película de terror. Cruzó la calle y se detuvo delante del buzón, sosteniendo el sobre en la mano, permanecía allí, ahora quieta, al instante moviéndose nerviosa hacia un lado, luego al otro, sin atreverse a introducir la carta. Había contemplado escenas similares ante ese buzón, pero nunca de tan intensa proporción, simplemente se limitaban a dejar la carta sobre la boca y luego empujaban, sin acercar la mano al bronce. Volvió a detenerse, colocó el sobre debajo del antebrazo para poder quitarse el guante de la mano derecha, y con la mano desnuda, decidida, levantó su carta, y metió su mano por la boca del león de bronce, aquel león que tantas veces me asustaba siendo niño, y permaneció allí quieta, valiente. Por un momento pensé que gritaría, que había perdido su mano allí dentro, que el felino había engullido su extremidad para siempre. Pero no ocurrió. La seguí. Ante el museo arqueológico se detuvo, vaciló, miró hacia atrás, quería entrar, pero a la vez quería marcharse, no sabía lo que hacía, no parecía querer nada y creo que entonces comprendí que aquella mujer era una de esas extrañas, sin nadie, que vagan por las calles, afectas de la enfermedad del olvido, del no saber quien se es, del no saber que es lo que se quiere. Una mujer aturdida y perturbada, sin rumbo, sin casa, paseando por la ciudad en busca de alguien con quien poder hablar, solitaria, sin saber que hacer. ¿A quien iría dirigida aquella carta? . Probablemente no tendría destinatario. Es más, creo que tal vez, ella simplemente fue a jugar con el león de bronce, para demostrar que no le tenía miedo. Eso es, no había error posible, aquella anciana, después de tomar el sol, sentada en el banco de la plaza, desde el cual contemplaba a la fiera, le había retado, había adquirido un sobre y sin letras algunas dentro aceptó el desafío, la heroína que vence al rey de los circos romanos. Y lo hizo. Dejó su mano dentro de aquellas fauces de metal. ¡ Lo que a uno le hace hacer la locura ¡ . Sentí una pena enorme por aquella anciana enajenada que dudaba si aquel museo, con sus puertas de cristal, sería su casa. No pude aguantarlo. Me acerqué a ella. -Buenos días, ¿se acuerda de mí? , su carta, entre los pensamientos le dije- Me sonrió y me mostró la flor amarilla, que llevaba en el pelo. -Vaya, no pense que -Es muy bonita, ¿es usted mi marido? Y sonrió de forma cómplice y pícara- siempre me regala una. Al oír aquellas palabras las pocas dudas que creía tener sobre aquella mujer se despejaron, sentí una profunda sensación de soledad y abandono ajena, a la vez que de ternura y compasión, no sabía quien era, y ella tampoco sabría decírmelo, pero necesitaba ayudarla de algún modo, compartir con ella un rato de charla y compañía, hacerle sentir una mano amiga en quien apoyarse, sin abrumarla ni humillarla a preguntas baladíes - Yo trabajo aquí mentí en el museo arqueológico. He visto como usted dudaba en entrar, no tenga miedo, yo le acompaño y se lo enseño, es muy bonito. Volvió a sonreír, se agarró de mi brazo y entramos a la oscuridad de aquel laberinto inanimado, cruzando las puertas traslúcidas de cristal. - Hoy a regresado muy pronto, doctora oí decir a una voz femenina, mientras mis ojos se acomodaban a la nueva iluminación artificial - Si, María contestó traviesa y divertida Ya sabes que siempre ando muy ocupada, pero hoy, en calidad de Directora de este Museo, voy a servir de cicerone y guía turístico a este joven tan simpático.
Era de tres colores, blanco, crema y negro, y cuando se revolcaba sobre su espalda contra el suelo a imitación de una S ondulantemente danzarina, era cuatro colores, blanco, crema, negro y una barriga rosada, blandita y esponjosa, suave y delicada, carnosa y sanguínea. Medía palmo y medio de alto por tres cuartos de ancho y dos y medio de largo sin contar con su cola. Perrillo mariposa, bien, al menos..., al menos fue eso lo que nos hizo creer el vendedor del Rastro de Madrid. - ¿Cómo es eso de que un perro va a ser un perro mariposa? . - O, si, si. Es así porque sus orejas las tiene - Y el vendedor se colocaba sus manos extendidas por detrás de su cabeza, por encima de la nuca - levantadas hacia arriba, tiesas, no caídas. Eso le da una gracia especial y le hace más bonito.
Si hubiese sido por él hubiésemos tenido no uno, ni dos, sino los tres perrillos que tenía acurrucados en su cesto de mimbre alargado.
Gracias Pilar, por estar allí conmigo. Tú y yo nos habíamos escapado, ¿ recuerdas? , no, claro, ahora ya no puedes recordar, ojalá pudieras, estabas allí y decías, no, no, que se va a enfadar, verás cuando la vea, yo no quiero saber nada, allá te las entiendas con tu padre. Aunque a pesar de no querer saber nada, estabas conmigo allí en aquella escapada, delante de aquella preciosa bolita de pelos de hocico negro y frío, gracias . Mil escapadas tendríamos que haber hecho tú y yo juntos.
Pero no quería hablar de su vida, sino de su muerte. Fueron 16 años. Si bien es cierto que ya no tenías la gracia de antes, esa energía que te hacía no estarte quieta nunca salvo cuando dormitabas con la lengua fuera, aún te queríamos un montón. Si bien es cierto que esos bultos supuestamente tumorales te hacían repulsiva y fea y ya no se podían ocultar, que colgaban grandes,enormes y globosos, multiplicados, que colgaban de tu en otra hora terso abdomen, y que hipotéticamente nacían junto a tus tetillas ; pequeños, invisibles e ignorados al principio, luego grandes como manzanas. Aún estabas viva con nosotros. Y aquello fue creciendo, junto con "el que dirán" de los vecinos al verte y el miedo a un hipotético contagio, pero tú, Chiqui, seguías siendo tú, no del mismo modo, incluso llegué a soñar que ya no estabas, antes de pensar en tu muerte. Ya no jugabas, te escondías debajo de la cama o detrás del sofá, cansina y adormilada, estabas fea y dabas miedo, y dabas pena, y cerrábamos los ojos y no te queríamos ver y no hablábamos.
Y un día se habló del veterinario y de una inyección letal..., pero no nos atrevíamos.
Y él, ya cansado de ti, dijo que lo haría el Sábado. ¡ No, por favor, no ¡ Pero sabíamos que no podías seguir más así. Y llego la noche del sábado y él buscó donde hacerlo, en el pasillo, colocó un palo entre dos puertas y allí dejaste esta vida para siempre. A través de la puerta cerrada de la habitación varios ojos vertían lágrimas sin poder dormir. Lágrimas que fueron a más y se transformaron en sollozo, cuando a través de la puerta cerrada se oyó como él trajo la fregona y el cubo para limpiar la orina que el esfínter de tu vejiga no había podido contener cuando colgabas balanceándote en el aire al extremo de una cuerda. La congoja se transformó en llanto y la pena en sufrimiento y dolor, dolor no físico, pero sí lacerante e hiriente. Qué sepas que todos te queríamos. Y aunque Pilar dijese que a ella era a la que menos caso le hacías ,a pesar de darte de comer, te quería tanto como yo. Fué un día muy muy triste, creíamos que nunca iba a llegar, pues tu sentencia se había alargado todo lo posible, todo lo sostenible socialmente aceptable y tu entierro junto a la fuente fue un hasta siempre, pues cuando miro el llavero, tú estás ahí, tu imagen ha quedado impresa, serigrafiada en la chapa, después que tu fotografía de papel se desprendiera por el paso del tiempo y se perdiera, tu figura reína ahí, levantada, altiva, sentada sobre tus patas traseras y con tus manos en actitud pugilisticamente defensiva, a pesar de ser un dibujo difuminado sin mucha aproximación a la realidad de tu fotografía en papel, cuando cojo ese llavero, te veo y te recuerdo. Por ello te digo, que sabes que tienes un rinconcito reservado en mí, no sólo en esos tristes días, sino también en los alegres, en los largos paseos, los calcetines roídos, las caricias interminables e incesantes, los saltos al sofá, los juegos para hacerte rabiar, las cachetadas para que dejaras de comer cagarrutas de ovejas o te restregaras por cualquier hez fecal que te encontrabas y luego te volvías loca porque no soportabas el olor del jabón y del champú con el que te lavaban y tú te frotabas con el suelo y los bajos del sofá y corrías por toda la casa llevada por los demonios. Ah, por cierto, fuiste lo más simpático del mundo, que lo sepas.
Al subir al vagón del metro y pasar a su lado, los jovenzuelos estudiantiles procedentes de la ciudad universitaria se rieron cómplicemente de ella, mirándola y mirándose alternativamente los unos a los otros, habían finalizado la etapa escolar del día y se sentían ufanos y radiantes, gallitos de un gallinero, plagados de hormonas y con ganas de chanzas y picardías. Ella, por el contrario, se molestó, aquellas risas le sonaron a insulto, era una persona de mucha edad, la ancianidad se reverberaba en su rostro ajado, en su piel surcada de pliegues, de arrugas, unos ojos grandes y amoratados, cargados de bolsas, y sin apenas pestañas, bajo unas cejas grises y extrañamente cuidadas, en su mata de pelo ceniciento, desgreñado y sucio, que caía a modo de tiras de fregona por debajo de sus hombros y le tapaba media espalda, en su atuendo, su vestido excesivamente holgado para una enjuta y depauperada figura parecía haber sido sacado de una feria medieval, con saya de amplios vuelos, medias de lana, zapatillas de color rojo chillón y sin embargo sus prendas interiores eran de lencería modernista, nadie lo hubiese sospechado, ni tampoco que no desprendía olor alguno. Le molestó que la miraran y se rieran de ella y comenzó un monólogo que pretendía dirigirse a ellos y a todos lo usuarios de aquel vagón . Su voz era grave, entrecortada sin llegar a balbucir, sin vacilar, y al hablar mostraba unos dientes amarillos y enormes y al pronunciar la S escupía sin reparos intencionadamente.
Vosotros los jóvenes hoy vais por el mundo pisoteando y burlándose de todo aquel que se cruza en vuestro camino, inconscientes e inconstantes muchachuelos, yo también tuve vuestra edad y nunca me comporté con esos incívicos modales de borregos . Vuestras risas me molestan, pero ya no hacen daño, se han reído tantas veces de mi en tantos sitios, no, ya no me duelen. Vosotros os creéis los dueños del mundo, y en cierto modo lo tenéis ahí para jugar con él, pues lo compartís juntos, y no sabéis de abandonos y de aislamientos, no sabéis lo que es la soledad, no, claro que no, no sabéis lo que es estar días enteros sin compañía, sin nadie a tu lado que te tienda una mano, de alguien que te hable, muchas veces no pido más que eso, alguien con quien hablar, bien es cierto que otras muchas, la mayoría, prefiero estar a solas, apartada, melancólica, pero en momentos como estos, solo deseo poder hablar con alguien, no sentirme tan sola, porque vosotros cuando dejéis este vagón iréis a reuniros con vuestras familias o amigos, compartiréis con ellos momentos alegres o tristes, pero juntos, y yo nada más hablo y seguro que me estáis escuchando aunque no me miréis, me estáis escuchando porque hablo fuerte y soy diferente, y no hay derecho a que nadie se ría de mi. Esos imberbes se ríen, míralos, como las comadres que cotillean al novio de la vecina, como verduleras de mercadillo, ¡ya callarán!, ellos no saben de soledad, esa carcoma que corroe y va pudriendo, quiera el diablo que se vayan a reír de ellos mismos, no hay respeto ni hay nada
Los jóvenes, sentados un poco más allá, cuchicheaban entre si y dejaron de reír, pronto se olvidaron de la vieja loca chillona y se pusieron a hablar de chicas, y del próximo fin de semana. Un hombre de mediana edad, sentado al lado, cansado de aquel monólogo, y haciendo de buen samaritano, empatizando con la mujer, más bien por beneficio suyo y por tranquilizar a la anciana más que por simpatía o ganas de entablar una afable amistad le habló. -Tiene usted toda la razón del mundo- La anciana calló. Sacó de su bolso una pequeña cartera de cuero negro con los bordes desgastados, la abrió, desabotonándola y sacando varias fotografías, se la fue enseñando una a una a su compañero de viaje, la primera era en blanco y negro, diciéndole. - Esta soy yo, mi marido que en paz descanse, y mi hija cuando tenía quince años. En esta otra están mis nietas, ¡Eran tan guapas de pequeñas! , tengo tres nietas y un nieto, dos de ellos ya están casados y con hijos, pero no tengo sus fotos. Sabe usted, mi hija es catedrática en funciones de la universidad y su marido es un rico empresario y abogado, por eso me ve usted en esta línea de metro, siempre que puedo vengo a verla sin que ella me vea, me escondo y la veo entrar en la facultad, y ya me siento contenta. Ese día, hoy no, hoy no la he visto, ese día mi soledad desaparece.
Post Date: En la mañana de hoy, mientras desayunaba, escuché tres mensajes dejado en una botella lanzado a las ondas de la radio, en el contestador de una emisora, uno era una mujer, no sé si era real ó era una actriz, pero tenía un toque tan dramático que me hizo temblar, Isabel Gemio le concedió poca importancia, habló más y se rio con el tercer mensaje, sobre el hecho de que en Almería hubiese nevado, por ello tal vez ... Era un grito angustioso de soledad, de una mujer que decía entre sollozos que se podía vivir sin alma, pero se preguntaba ¿Cómo se puede vivir sin nadie?. Creo que dijo llamarse Dolores Martín. Si alguien la conoce, -pidió a gritos ayuda- , yo quisiera tenderla una mano amiga.
Nena, saca la basura, le solía decir su madre. Y ella no contestó. Nena, por favor, anda, baja la basura, le repetía por segunda vez. Y ella le dijo que no podía. Estoy cansada, hija, le reiteraba la madre por tercera vez, toma la bolsa y llévala. La hija se hacía la sorda, quizá la madre no volviera a insistir, pero se equivocaba, la madre volvió a insistir por cuarta vez, ella conocía a su hija y sabía que diría que sí. Venga, hija, yo te acompaño, pero tú llevas la bolsa. Y ella claro, dijo sí. Ella necesitaba una cuarta vez. ¿Es mucho pedir? ¿Es mucho insistir? E hizo de ello un juego, era divertido que le repitiesen las cosas hasta cuatro veces, ya que ello significaba que de algún modo estaban interesados en ella, y que no era simplemente una pregunta más del tipo aquel, ¿cómo te llamas, bonita?, a la vez que le pellizcaban los mofletes.
Y siguió jugando a aquel juego, incluso cuando cumplió los quince, su mejor amiga le invitó a acompañarla al cine, ella no dijo que si ni que no, habían discutido, se habían enfadado días antes, un enfado de los de siempre, y necesitaba saber si realmente aquello era sincero, su amiga se lo volvió a preguntar por segunda vez, y recibió por contestación que lo estaba pensando, a la tercera vez recibió una contestación similar y como su amiga la conocía y sabía y quería que deseaba acompañarla al cine, se lo preguntó por cuarta vez, y entonces las dos vieron juntas la película titulada la boda de mi mejor amigo.
¿ Era un juego cruel? . Pssch. Dependía del otro, no de ella, ella esperaba hasta cuatro veces, sino, no valía la pena. Y muchas veces se equivocó, realmente muchísimas veces.
Cuando el cura le preguntó por primera vez si quería casarse, bajó la mirada, miró sus manos entrelazadas y guardó un antojadizo silencio. El sacerdote lo volvió a preguntar por segunda vez, algo confuso y extrañado, ella le miró a los ojos, sonrió, bajó de nuevo la cabeza y atesoró un nuevo y caprichosamente juguetón silencio. El novio le propinó un codazo en el antebrazo, ella dijo, ¡Aauuu¡, se restregó el antebrazo con la otra mano, le miró, sonrió y volvió a observar silencio. El sacerdote le miró a él, increpándole, la miró a ella, con compasión, miró hacia la gente que copaba todos los bancos de la iglesia y sobre la cual se desplegaba un manto de perplejidad, extendió las manos abiertas y levantó por tercera vez la voz, para trasmitir de nuevo la misma pregunta, ¿quieres casarte con él? . Ella alzó la vista, sonrió, dejando entrever sus dientes blancos y pequeños, miró a su novio, de forma alegre y feliz, y bajó de nuevo la mirada, sin contestar, sin hablar, sin decir nada. Esperando, esperando por una cuarta vez la misma pregunta, una cuarta vez que no llegó nunca. El sacerdote ante el silencio reiterado, dibujó en el aire una cruz, tomó las manos de ella, las colocó encima de las de él, en un gesto tal cual les estuviera diciendo, consultarlo entre ambos, y les dio la espalda, subió los tres escalones del altar, y desde el púlpito explicó que la ceremonia quedaba suspendida momentáneamente. El público asistente, incrédulo, cuchicheaba, los dos novios, permanecían de pie frente al altar, franqueados por los padrinos. El novio la agarró con las dos manos ,por los antebrazos, la zarandeó, ella le dijo que le hacía daño, no le hizo caso, le arrancó el velo que cubría su rostro y le espetó varias palabras malsonantes e hirientes delante de todos los presentes a la boda, palabras fuertes que hicieron incluso sonrojar a la madrina y hacer abrir de forma desorbitada los ojos, en un signo de estupor y asombro, a los asistentes de los primeros bancos de la iglesia, hasta donde habían llegado con claridad aquellas frases. Ella dejó caer una lágrima, su sonrisa se había transformado en un rictus de amargura, la cuarta pregunta no había llegado, él, irritado, abofeteó su humedecido rostro, ella se tambaleó como un borracho por el golpe, el padrino la sujetó por el talle para que no cayese al suelo, ella miró a aquel que tanto había amado y en sus ojos asomaron nuevas lágrimas, no de dolor, sino de incredulidad y brotó una rabia infinita, su mirada se había convertido en cuchillos que querían asesinarlo. Te odio, le dijo, Te odio. Se desprendió de las manos que le sujetaban el talle, miró hacia la gente, que en pie guardaba silencio, se adelantó dos pasos, se volvió de nuevo hasta el altar y gritó: ¡No, padre, no quiero casarme con este hombre!. Cogió los anillos de mano del padrino y se los arrojó a la cara, a la cara del pretendiente repudiado, y luego muy orgullosa, emprendió rumbo hacia la salida, con la cabeza alta, soberbia, altiva, como un héroe de leyenda triunfador de mil batallas que atraviesa debajo del arco del triunfo, rodeado de sus fieles guerreros, a ella, el público asistente a la ceremonia le tendió un arco triunfal, pero en vez de vítores y pétalos de rosas y espadas entrecruzadas, le acompañaron murmullos, algún grito, algún insulto, muchos lamentos, y sólo un fiel guerrero la escoltaba dos pasos atrás. Cuando atravesó la puerta del templo, ni siquiera miró lo que había dejado a sus espaldas, hasta que unos brazos fuertes la detuvieron, la atrajeron hacia sí y le preguntaron algo que no entendió, de nuevo las lágrimas. El padrino la acompañó hacía el coche nupcial, que esperaba unos metros más allá de la puerta del oratorio, ella entró, él se colocó al volante y arrancó, ella miró por última vez hacia el santuario, la gente se había congregado junto al pórtico, pero su ya ex-prometido no estaba entre ellos. De rodillas, junto al altar, no alcanzaba a comprender lo que había sucedido, ella había guardado silencio, ¿Por qué?. La quería, pero no la conocía, no sabía que ella necesitaba una cuarta vez, una cuarta pregunta. Se había enfadado, cabreado, se sentía maltratado y a su vez..., la bestia que llevaba dentro había despertado y se reveló.
Cuando el coche se detuvo en las afueras de la ciudad, ella le dijo al padrino que nunca había estado tan enamorada de un hombre como de aquel a quien acababa de rechazar, pero que las palabras que le había arrojado a su cara y la bofetada que le había propinado le habían hecho mucho daño, le habían herido tan profundamente que no deseaba volver a verlo nunca y que gracias a la tontería estúpida de su juego infantil había descubierto quien era ese hombre con el que había mantenido una relación tan estrecha durante los últimos tres años, ahora sabía realmente quien era y qué podía llegar a ser.
Y ella jamás le diría a él porque necesitaba que las personas le preguntasen hasta cuatro veces antes de poder responder a una pregunta tan importante.
Para terminar la historia en condiciones, debéis de saber que a lo largo de unos años, aceptó como compañero sentimental, al padrino de su fracasada boda, pero nunca firmó un contrato marital, pues afirmaba que los curas únicamente preguntaban tres veces.
Preludios para entender lo que vais a leer: El protagonista escribe sobre un diario el sentimiento pasional de amistad que aún siente hacía una persona, persona que lo ha abandonado, y como consecuencia de ese olvido, él busca una nueva amistad que nunca le abandone, y lo encuentra paradójicamente en ...
Sobre el diario garabatearé palabras para rellenar el hueco vacío dejado por ti, verteré lisonjas y un discurso panegírico tan lleno de encomio y alabanzas que te harán entender mis sentimientos de amistad sinceros que aun hoy todavía siento, incluso más pasionales y verdaderos, y puesto que te fuiste sin despedir, sin una voz de aliento ni esperanza, tan solo el olvido, una nueva amistad, fiel, sincera, leal, se ha instalado en mi, ahora que tú ya no estás. Le he abierto los brazos de par en par y ella se ha dejado acariciar, mimar, ha aceptado mis lisonjas y agasajos y comparte su tiempo conmigo, a mi lado, zalameramente instalada entre arrumacos y carantoñas llenas de complicidades, besos y afecto. Tiene un parecido al folio en blanco sobre el que escribo, misteriosa, callada, triste y profunda, a tan desesperante amistad me ha condenado tu huida, tu olvido. Hay pequeños instantes en los cuales me rió con ella, pero no es como tú, los más son melancolía y aturdimiento, ingratitud y desdén. A veces la abandono cuando escribo, y pienso en ti, pero al terminar, ha vuelto, y no quiere abandonarme, ya te dije que es la más fiel que conocí y jugaré con ella y le hablaré y seré su compañero, su amigo, y desde ya, desde este segundo de gloria que te di, yo también te dejaré, pues el olvido y la indiferencia hieren más que el odio, y sacaré a pasearla a ella, a mi nueva compañera y sustituirá tus silencios angustiosos y llenará mi olvido, ven, soledad, abrázame un ratito. Te llevaré conmigo a la cama, y al despertar te llevaré agarrado de la mano, bajaremos las escaleras del portal de dos en dos y esperaremos en el andén de la vía número cinco la llegada de nuestro destino, y subiremos al tren, sin soltarte de la mano, y te sentarás sobre mis rodillas para no ocupar un asiento y al fin, en nuestra parada, nos bajaremos despacio, volveremos a bajar y a subir las escaleras de dos en dos y al llegar al lugar donde vamos, te sentarás a mi lado, en la silla vacía destinada a tu presencia, y mirarás curiosa los montones de papeles sobre la mesa, desordenados, en un orden solamente entendibles por mi, el orden dentro del desorden, papeles llenos de cifras, dígitos y números aburridos y anodinos que no te dicen nada y te contaré mis cuitas y sinrazones y tú escucharás, soledad, en silencio, sin contestar ni interrumpir mi monólogo de congojas y zozobras, mi aflicción de espíritu insuflado de pecados y corroído de deseos y anhelos que no entenderías , ¿sabes el motivo?, ¿sabes por qué no entenderías mis antojos vehementes?, el motivo es que te apartarían de mi lado, esas son las cuitas que te cuento, mi compañera del alma, mi traición, te la cuento al oído, ¡Que te vayas a ser feliz al lado de otro!, no quiero volver a decirte que te quiero, soledad, nunca mas y a cambio de mi alevosa ingratitud de perfidia y deslealtad te ofrezco como trueque la libertad. Ya, claro, no te quieres ir, ya lo se, se está tan bien a mi lado, ¿verdad?. Claro, que tú ya te conoces la historia de tantas otras veces repetida y al cabo de un rato se te abrirá la boca de tedio y aburrimiento, más de que sueño y de cansancio y te propondré tomar un café para matar el hastío de la mañana glaciar que rodea nuestro mundo y dirás si con entusiasmo por romper la monotonía, pero antes, déjame acabar de repasar este expediente, para no dejarlo a medias. Ya está, vámonos. ¿Tú que tomas? . Uno muy dulce, claro, ¿un chocolate caliente está bien? . Ah, yo pago. Y la mañana pasará, hundidos tú y yo, entre rancios olores a celulosa y bosque talado cuyo fin serán las tiras de papel teñidas de blanco, - mancilladas con numerajos y letras pedantes-, que ves sobre mi mesa, papeles, papeles y más papeles, que al cabo acabaran encerradas en el archivo, cuando no en el cubo de la basura, de sellos, de fechas, de simpleza, de un acabarse la vida que interrumpirá la trepidante y ensordecedora sirena, ululando en el aire y dejaré todo sobre la mesa y me iré intentando dejarte atrás, pero tú, taimada y sagaz, me verás alejarme y te cogerás de nuevo de mi mano y volveremos andando y al pasar por la plaza me dirás que quieres sentarte en un banco a dar de comer a las palomas que revolotean junto a la fuente, pero hoy te diré que no, levantaré las manos y me haré el loco, correré dando vueltas alrededor de la fuente, me mezclaré entre las aves que asustadas y alborozadas emprenderán el vuelo formando una nube que tapará el sol y cuando tú, soledad, te quedes extasiada contemplando el espectáculo multicolor, el aleteo furioso y colorista de tantas alas batiendo a un mismo ritmo y caigas en un regocijo sin par con esa escena teatral, entonces emprenderé la huida, te daré la espalda, me esconderé de ti, me iré sin despedirme, sin un adiós, sin un hasta luego, sin un para siempre, y ya no serás mi esclava por nunca, nunca más. Ya sé, tienes razón, es cierto, fue tan solo una quimera. Me sentía tan extraño sin ti y tan culpable, corroído de remordimientos, que no pude dejarte abandonada y regresé a la plaza a buscarte para llevarte de nuevo, agarrándote de la mano, de regreso. Ya sabes que te quiero.
No tengo nada que decirte. Crisis, es pasajero, mañana, nada más, estará lejos pero hoy estoy muy triste llorando sin lágrimas saladas pero con recuerdos viejos puñales ennegrecidos sombras de cementerio cucarachas de hastío ojos sanguinolentos soledades aspavientos remordimientos culpabilidades
un cansancio infinito en el alma descansada mañana, nada más, habrá muerto pero hoy ya no siento la belleza del cielo y únicamente veo en tu cara una sonrisa demacrada .
Que te vaya bien, que te pille un tren, que te parta un rayo. Je, esto era mi hermana disgustada y enfadada quien me lo decía, y viene al caso.
Ahorita me pregunto la cantidad de gente que conocí y se fueron, pluf, así, sin más, como tú, un hasta luego que desafortunadamente se convierte en eterno. Un Adiós sin más. Unos que llegan, otros partiran , (¿para que meteré esto aquí?) Es raro, ¿verdad?, no volver a verte nunca, nunca más, nunca jamás de los jamases. Pos güeno, fale, ándale con tu vida que es tuya y busca un sitio en ella, un poquito lejos, allá donde el queso huele tan solo en el paladar y la sidra cae desde lo alto a un cacho vaso de boca ancha, salvo que la escancie quien no sabe y cae al suelo.
Se nos olvidó el regalo. Se te olvidó derramar unas lágrimas en nuestra presencia. Se nos olvidará que fuimos un año compañeros. No te vayas todavía, no te vayas por favor (me suena muy muy muy cursi esto ahora aquí)
Será raro ver ese asiento vacío, será raro no escucharte decir raro en francés, si, esa erre tuya que era una g, ya nadie aquí se geigá contigo cuando digas gago, ó cuando digas espera un gato, miau, ja,ja,ja. Lo cierto es que cuando tú lo decías no sonaba a gato, se parecía más a rato, sin serlo, pero, calla, que digo, no, tú no decías espera un rato, no, tú decías espera un cacho. ¡Ajá!. Ahora esto se hará un poco más abugido sin ti y además con más trabajo. Ya nos habíamos acostumbrado a escuchar kiss F.M. Por cierto, ¿la radio era tuya?. ¿me equivoque de emisora? Ya sé que no, ella es ahora la que nos va a sobrevivir a todos, seguro que conocerá cienes de uniformes, y emitirá sus canciones por otras cadenas y a otros volúmenes. Creo que ya lo está empezando a hacer. Y también estoy seguro de que me equivoque de diál, pero un Kiss suena más gomántico.
Ahora no sé quién freirá los pinchos y los chorizos de nuestra especial barbacoa, ese ratito antes del finde, esa media oreja larga, sin h, distendida y regada en vinos y tampoco sé quién será el catador oficial, pues nada, que sin ti nos beberemos el vino picado sin notarlo regado con refresco de ese de color negro. Al menos, el té con limón ya no me sabrá a pasta de dientes. Oyes. ¡Que te has ido! ¡Ay va! Pero si es cierto. Ya no volverás a aparecer por la puerta. Jo.er. Bien. Bueno. Vale. Perfecto. Tú lo has querido. Adiós compañera.
Tú fotografía ha quedado como fondo del escritorio del PC.
Él, que dice que has sido su mejor amiga, te verá en ella todos los días cuando encienda el cabezón y te visitará de tarde en tarde. Te extrañaremos un poco, otros mucho más que unos, y de vez en cuando sabremos de ti, seguro. Oye, encuentra pronto esa casa con la que sueñas. Y si puedes, haz muchas fotografías, de las cosas que te gusten, no de las que te manden, de las gentes que aprecies, no de las que por obligación te ordenen, y , eso, que te diviertas. Me resulta extraña esta vida, encontrar gentes que desaparecen sin más, que pasan al lado y a las que no llegas a conocer, a las que dices adiós con un beso y , ala, ya está. Se fueron. ¡Que diablos! Un abrazo fuerte, niña. ¿Sabes que? Que por mucho tiempo que pase, si algún día en un futuro lejano llego a leer esto de nuevo, cuando tú no te acuerdes, recordaré que pasaste un ratito de tu vida acá y entonces no serás un recuerdo olvidado entre tantos otros.
Ahora, cuando él la escucha en alguna emisora de radio, en alguna terraza de un bar, le llama "ventanita", por que dice que son canciones que abren la mirada hacia el pasado, hacia los recuerdos, y Santa Lucía, de Miguel Ríos, es una ventanita para él y pide que se la pongan más alto y manda a los amigos que se callen para escucharla. Cuando ella la oye en su viejo tocadiscos, dice que es su canción, que cierra los ojos, que le recorre por todo el cuerpo una sensación agridulce y que la estaría escuchando cien mil veces una eternidad, sin cansarse y que el destino puede ser muy cruel cuando a veces se lo propone.
A menudo me recuerdas... A alguien...
Él dice que ella le recuerda a una entrañable amiga de la juventud, una loca, apasionada y alucinante amistad, siempre colocada bajo los efluvios de gente bailando, gritando, riendo, garabateando volteretas en pos de dos ideas, paz y amor y disparando misiles en pos de una, No a la Guerra. Ella dice que él le recuerda a su primer novio, tan atento, con una rosa en sus manos para regalar, tan dulce, tan sincero, tan poeta de pueblo, y sin embargo tan ambicioso de un destino fuera de allí, lejos, tras un porvenir, y un regresar después a buscarla, que nunca existió.
Tu sonrisa la imagino... Sin miedo...
Él, la de ella, la sueña grande, dientes blancos, risa blanca, aterciopelada, acariciadora, labios carnosos y tiernos, sin turbación, sonrisa afable, confiada, serena, plácidamente embellecida por su aplomo de cordura y serenidad. Ella, la de él, la sueña enérgica, vital, protectora, valientemente enarbolada hacia la audacia y osadía de los que no pueden perder nada y sin embargo pueden ganar un Potosí.
Invadido por la ausencia... Me remuerde la impaciencia...
Él la añora, la desea, la intuye, se muerde las uñas, pasea cual león encarcelado, su carencia de ella le está volviendo loco, ella lee novelas de amor junto a la leña del hogar y contempla películas viejas y nuevas y se siente protagonista de "Tú y yo" y él se disfraza de Cary Grant y ella de Deborah Kerr, en Tú y yo, y se enamoran en este gran clásico del género romántico y se citan en el Empire State Building, en el piso 102, en un plazo de seis meses si siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro y él la espera hasta medianoche y ella, ella, ella no acude a la cita por un endiablado y trágico accidente.
Me pregunto si algún día... Te veré...
Ella danza piruetas sobre las olas del mar, no pregunta, calla, únicamente escucha el ruido de una caracola, el rumor, el murmullo, el cuchicheo de las aguas, y recuerda ese novio que se fue con una promesa y no volvió, ese que le regaló el sonido del mar en la concha vacía de un molusco, y sabe que oír el rumor del mar a su través no es estar en su orilla, un día, se pregunta, ¿un día veré el mar?. Él mira su retrato colgado en la pared preguntándose si habrá sido todo no más que una quimera, una alucinación de esas que su entrañable amiga de juventud sufría tan frecuentemente bajo los efectos alucinógenos de sustancias prohibidas, besa su fotografía y susurra... algún día te veré.
Ya sé todo de tu vida... Y sin embargo...
Esas misivas interminables, esas llamadas cortas, esas historias escritas en papel, esas preguntas, esas cartas hechas de leyenda y genealogía, un currículum autobiográfico bajo un argumento relatado en prosa y crónicas, cual trama de un libreto, tu infancia, mi juventud, tu primer beso, mi primer caricia, tu vida, la mía, tu fábula, mi cuento, tu patraña, mi enredo, mi amargura, tu tropiezo, tus deseos, mis esperanzas, tu cumpleaños, tu antiguo novio que se fue, mi entrañable amiga de juventud, en fin, tu vida, la mía.
No conozco ni un detalle... De ti...
Si estás triste ó alegre, si lloras, si sonríes, si frunces el ceño o guiñas un ojo, si tu piel está fría o cálida, si tu mirada es limpia o te delata, si tus besos saben a salado ó a jarabe de almíbar, si bostezas o tienes sueño, si estás tomando café o leyendo una revista, si te enfadas como siempre o como nunca, si hemos de discutir o perdonar, si vendrás a estar a mi lado cuando te necesite y te evoque, si querrás apoyar tu hombro con el mío cuando sea indispensable. No sé. No te conozco conociéndote tanto.
El teléfono es muy frío... Tus llamadas son muy pocas...
Esos días sin saber nada de ti, si él está vivo, si ella muerta, si él ausente ó cansado, si ella aburrida u optimista, si él celoso, si ella juguetona, si él nostálgico, si ella apenada, si él descontento, si ella risueña ó afligida, si acaso ella enamorada de otro, si acaso él besando los labios de otra mujer en su portal, por que tu voz, al teléfono, me dice mucho, cuando estás cansado, cuando estás deprimida, cuando te sientes feliz, pero no me dice nada de tu mirada, si está radiante ó humedecida, no me permite acariciarte, mesarte los cabellos o abrazarte en silencio, todo lo mucho que puedo llegar a sentir, son los suspiros que se te escapan. No por ello dejo de pensar en ti.
Yo si quiero conocerte... Y tú no a mí...
Ella tiene miedo, él tiene esperanzas, ella un mundo que puede romperse, él un universo a su lado, magia, eso es lo que ella teme perder, que la hechicería blanca se transforme en brujería negra, que no funcione el sortilegio de buenos augurios y el embrujo transforme al príncipe en sapo, y sus ilusiones en espejismos , y él sabe que quien no se arriesga no gana, que sin aventurarse al precipicio no podrá ver la belleza del fondo de las cosas, él sabe que sin afrontar el peligro nunca vencerá la realidad y su realidad para él, era ella.
Por favor...
Dame una cita... Vamos al parque... Entra en mi vida... Sin anunciarte... Abre las puertas... Cierra los ojos... Vamos a vernos... Poquito a poco... Dame tus manos... Siente las mías... Como dos ciegos...
Santa Lucia... Santa Lucia...
El estribillo se repite, se repite, una y otra, una y otra, una y otra vez, cual el rodar de la piedra de Sísifo, el rey de Corinto, símbolo de la absurda condición del hombre que tropieza siempre con las ciegas órdenes de los dioses. Si, ciegas órdenes, ciegas, invidentes humanos, invidentes. Y un destino aguardando. Y ella sueña caricias, cierra los ojos, él siente primero bajo su piel sus caricias y luego sueña. Ella no le pide la luna y él lo sabe, pero se la ofrece, poquito a poco, a pedazitos, abriéndole puertas y ventanas, caricias y cariño, dulzura, amistad. No te lo estoy pidiendo, te lo ruego, forma parte de mi vida.
La primera vez pensé... Se ha equivocado...
Él pensó en vanas ilusiones, vanas esperanzas, un infructuoso ensayo de un efímero momento dulce, acaramelado por el sentimentalismo de dejarse llevar, ella soñó durante un rato con sus dudas, sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas, sus angustias, y luego posó sus pies en el suelo, cogió el teléfono y le llamó por segunda vez, que el encantamiento de la primera no se rompa, por favor, por favor.
La segunda vez no supe... Que decir...
Él vaciló, tartamudeó, dijo que si y que no, joder, joder, está al otro lado y mi realidad se ha ido, mis palabras no afloran, mi ignorancia es tan simple, que cuando quiero expresarle lo que siento, no puedo. Ella que no y que si, que bueno, que cierto, que aunque si, que pero esto o aquello, no acierta a explicar su ofuscación, no acierta a expresarse, a desempeñar con éxito su papel, eso..., un papel..., diantres, debía haber escrito en un papel lo que decir.
Las demás me dabas miedo... Tanto loco que anda suelto...
Él piensa en la estupidez de esos días en que imaginó, en engaños y mentiras, en falacias, en hipocresías y medias tintas, medias verdades y medias mentiras, en disimuladas afectaciones, en dobleces, en una broma de muy mal gusto y ella le llegó a imaginar vil, seductor, mentiroso, picaflor, ignorante y fatuo, en comediante de ficción, en embaucador tramposo, en fullero de casinos, en Don Juan Tenorio.
Y ahora sé que no podría vivir sin ti...
Cuando oyeron su canción por primera vez, juntos, en el café de la Plaza España, tres citas después de la primera en el parque, bajo la sombra de los arces, supieron que sus vidas seguirían sendas paralelas, sin invadir el camino del otro, pero siempre juntos, les gustó esa canción de Miguel, el Rey de la música Rock, y la hicieron suya. Quien dice que Miguel, convertido en duende del tiempo no se la robó a ellos de sus vidas, no se inspiró en su historia para cantarla en la noche del presente y del futuro. Y supieron que esa sería su canción. Y supieron que vivir juntos sería su realidad. Y supieron que llevaban mucho tiempo enamorados.
Dame tus manos... Siente las mías... Como dos ciegos... Santa Lucia... Santa Lucia... O santa lucia...
Y un día se conocieron en el parque, las caricias, el tacto de una piel sobre la otra les abrió los ojos, les mostró un mundo nuevo de sensaciones, de abrazos, de ternura, de pasiones, de carantoñas y arrumacos, de mimos, de lisonjas, de besos dulces. Pero no como dos ciegos, como dos videntes, ellos dos, que eran capaces de ver los colores de las flores y la luz del alba, cuan lejos estaba aún el día, el presagio, la fatalidad de esa letra de canción.
Y hoy, después de muchos años, se han vuelto a sentar en el mismo banco del parque, el de su primera cita, donde por primera vez se miraron a los ojos, se tomaron de las manos, no supieron que decir, pero donde trocaron su simpatía en cariño y su amistad en amor. Él pasó sus dedos sobre su rostro, le dio un beso, le dijo un te quiero repetido, ¡ Te quiero, Lucía! . Ella le contestó, yo también te quiero, mucho más de lo que jamás puedas llegar a imaginar y luego prosiguió, ¿nos vamos?, hace frío, tomemos un café en la Plaza España, les pediré que vuelvan a poner nuestra canción. Lucía entrelazó su brazo con el de su esposo, recogió el bastón blanco que dormitaba sobre el banco del parque y le dijo, déjame que hoy sea yo tus ojos, a veces, pienso, ¿será el destino el que hizo de Santa Lucía nuestra canción?. Es nuestra, pero me sabe agridulce. Y él piensa que es una canción preciosa, que lo era hasta hace seis meses atrás en que quedó irreversiblemente ciego, y que lo seguirá siendo después, mucho después, eternamente después.